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Sálvanos de nuestros pecados

La sexualidad y principalmente el placer femenino, ha sido ubicado en un lugar secundario en los entretelones de la historia y fue relegado al dominio del modelo masculino imperante. Es curioso (o no tanto) que para explicar la historia de la sexualidad femenina, tengamos que remontarnos a la sexualidad masculina y desde ahí poder entender por qué hoy estamos donde estamos.

La noción del placer acotado a la genitalidad y al coito vaginal, hunde sus raíces en la idea de la sexualidad de la Edad Media donde el poderío de la Iglesia Católica era tan fuerte que imponía a sus feligreses que sólo podían tener sexo con fines reproductivos. El sexo anal, oral o durante la menstruación eran considerados pecados porque su fin era el placer y la única manera en que podían tener relaciones sexuales era en la posición de misionero, es decir estando cara a cara la mujer se sitúa debajo del hombre y es él quien guía al pene; una posición que por cierto deja a la mujer impedida de realizar movimientos libremente por el peso del cuerpo de su pareja sobre ella durante la penetración, lo cual limita el disfrute femenino.

La misma suerte corría la masturbación: el semen era considerado el extracto más limpio de la sangre, era vida en estado puro y no podía desecharse por lo que la autoestimulación era considerada uno de los pecados más graves porque se desperdiciaba la semilla procreadora. También se creía que la mujer era complementaria al hombre por tener una cavidad ahuecada que permitiera el ingreso del pene.

La culposa sexualidad medieval se plantea desde un cuerpo diabolizado, indigno y relacionado con el desenfreno sexual que puede generar enfermedades como la peste, por lo que el amante ardiente de su propia esposa también era castigado con 40 días de ayuno. La masturbación femenina era un pecado de los más graves: si una mujer se autoestimulaba y acariciaba sus genitales se entiende que descuidaría sus obligaciones maritales y olvidaría su compromiso social y espiritual de procrear. Era castigada con un año de oraciones (si, ¡un año!). Es redundante decirlo pero del placer femenino, del disfrute y el goce poco se hablaba en la Edad Media, y si se hacía era ligado a lo pecaminoso, algo que había que castigar con ayuno y plegarias.

¿Y del clítoris se sabía algo? Un tema totalmente silenciado en la Edad Media, de hecho no fue hasta 1560 cuando el Dr. Columbus publica el libro De Re Anatómica, donde dice que el clítoris debiera ser descrito como “la sede del placer de la mujer”. Fallopio, el médico que describe las trompas uterinas y a las que nombra con su apellido, descarta el “hallazgo” de Columbus  diciendo que él lo había descubierto primero. Y luego se suma Bartholin, (si, el de las glándulas de Bartholin), descartando a Fallopio y Collumbus y recordando que al clítoris ya lo habían descubierto los griegos en el siglo II. Efectivamente, Bartholin estaba en lo cierto: el clítoris se conoce desde la antigua Grecia y de allí viene su nombre, es una derivación de κλειτορίς (kleitorís).

Tengo que ir al médico

En todo este proceso de atribuciones y hallazgos -siempre masculinos-, las mujeres tuvieron que esperar recién a la Época Victoriana para encontrar la cura a la Histeria, una enfermedad con síntomas que iban desde el mal carácter, ansiedad, insomnio, espasmos musculares, respiración entrecortada, humedad entre las piernas y...hasta desmayos. Se la llegó a denominar “sofocación de la matriz”, porque se pensaba que el origen era la retención de fluidos sexuales femeninos a causa de la abstinencia sexual. ¿Qué se les proponía como solución a estas mujeres? Tener relaciones sexuales si la mujer estaba casada, casarse si estaba soltera o bien que viesen a un médico o una comadrona para que les brindaran un estimulante lavaje genital o un relajante masaje en su zona íntima, que les proveía el alivio que necesitaban.

La lista de síntomas de la histeria pasó a ser tan larga, que casi cualquier afección era motivo de consulta para obtener el placentero alivio. En cuestión de meses los médicos victorianos se encontraron con las salas de espera “curiosamente” repletas de mujeres ansiosas por recibir las maravillosas fricciones que aliviaban el útero ardiente y los masajes que complacían y las consolaban en sus dolencias. ¿o de donde creías que viene el término “consolador”? Sin embargo, aun con las salas de espera repletas y los bolsillos llenos de dinero de familias aristocráticas, los médicos se enfrentaban a una dicotomía: derivar a comadronas a estas pacientes histéricas -lo cual implicaba una pérdida económica-, o seguir haciendo los cansadores masajes vaginales manuales con aceite vegetal, con una técnica difícil de lograr y poco práctica en el día a día del consultorio, porque a algunas mujeres les tomaba mucho tiempo lograr el alivio a sus dolencias...ser consoladas de su histeria.

Un médico británico -si, chicas, otro hombre- cansado de masturbar manualmente a sus pacientes inventó y patentó el primer vibrador electro-mecánico de la historia: en 1870 llega Joseph Mortimer Granville, logró dar alivio a las manos cansadas de los médicos y a la histeria de cientos de miles de mujeres histéricas en cuestión de minutos. Así, nuestro amigo Joseph da por finalizado el cansancio y la pérdida económica para los médicos del momento, interviniendo en el placer femenino con el primer dildo eléctrico...sin saberlo.

Los vibradores llegan al mercado

Entrado el siglo XX, la empresa Hamilton Beach comenzó a producir en 1902 vibradores portátiles para las mujeres. Fueron promocionados como discretos masajeadores personales, y fueron tan exitosos que se vendían en cajas portátiles y a pedido por catálogo, eran enviados por correo. Así Hygeia se convertía en uno de los primeros electrodomésticos que se comercializaban por catálogo, ¡equiparando en ventas al producto número uno de momento: las tostadoras en la década de 1950!. Sin embargo en Estados Unidos y el Reino Unido, las leyes impedían a las empresas anunciar contenido relacionado con el placer sexual femenino por ser considerado obsceno, y hacia 1915, la Asociación Médica de Estados Unidos declaró que los vibradores de uso medicinal eran un engaño, lo cual fortaleció la venta por catálogo, porque los fabricantes desplazaron su producto de los médicos hacia las consumidoras, publicándolos como un aparato de ocio capaz de relajar la tensión de cualquier parte del cuerpo. La sexualidad femenina una vez más disfrazada y disimulada porque en el caso de los juguetes sexuales masculinos se vendían tal cual son: los hombres no manifestaban dolencias por lo tanto tenían derecho a disfrutar y la libertad de sentir placer sexual sin inhibiciones.

Con el tiempo, los anuncios de estos vibradores femeninos fueron erotizándose sutilmente: mostraban mujeres siempre felices con la blusa desabrochada y hombres musculosos sonriendo para ellas. Al día de hoy, por ejemplo, en algunos estados de EEUU (Alabama, por ej), se prohibe la venta de vibradores íntimos. No resulta para nada llamativo que si a lo largo de los años se ha demonizado el placer femenino, hoy, que las mujeres toman otro rol en relación a su propio goce, siga habiendo prohibiciones que minimizan a la sexualidad femenina en todas sus manifestaciones.

Es nuestro rol y nuestro eje como mujeres poder salir de este closet silencioso donde durante siglos la sexualidad femenina fue condenada, minimizada y reducida al placer de un otro -generalmente un hombre- y eso ha significado la falta de compromiso, amor propio y autoconocimiento de nuestro propio cuerpo, las partes que lo componen y la manera de llegar a una sexualidad plena.

Lic. Mariana Kersz

Psicóloga y Sexóloga

@lic.marianakersz

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